01/12/2012

apostillas entre ruinas



Apostillas entre Ruinas  
(del Sr. Guerrero y Teorética)

Agradezco al Sr. Guerrero el sentirse compelido por la crítica que realicé a su exposición Hombres entre ruinas, al punto de tener que sacar bastante tiempo (su “respuesta” aparece tres semanas después de mi texto) en su apretada agenda de exitoso curador internacional, para dedicar siete páginas a  “rebatir” mis puntos de vista.  

Le agradezco, además, porque con sus “replicas” ha intentado, esta vez, ofrecer algún sentido de coherencia discursiva mínima a múltiples aspectos que considero contradictorios, deficitarios y ligeros de su curaduría; argumentos que no se tomó el trabajo de darles forma en su breve texto curatorial, que se supone debería ser la justificación discursiva principal de la exposición criticada.   

Le agradezco, finalmente, pues con la lectura tendenciosa que realiza de mi crítica, haciéndome “decir” lo que no escribí o tergiversando mis argumentos, sin citarlos en la mayoría de los casos, evidencia lo que ya en la exposición había señalado como una característica importante de esta curaduría: su habilidad de manipular los puntos de vista de otros, en beneficio propio, sean éstos de artistas, documentos o de una institución.

En todo caso, para no recurrir a la misma estrategia que utiliza el Sr. Guerrero, expondré literalmente, a partir de sus propias citas -las que consideré más sintomáticas o llamativas de su réplica- los puntos de vista que despliega en mi contra, para responderlos con un sentido mínimo de seriedad polémica, que es al parecer de lo que adolece este curador. 


. Sobre la curaduría  como “acto de fe”

Cita: “Sin querer sonar relativista, hay que comenzar por des-esencializar el formato de la exposición y empezar a comprender que, así como hay varias maneras de hacer arte, existen varias maneras de hacer curaduría. Si demandamos una visión homogénea y dogmática de la práctica curatorial limitamos esta práctica cultural, que suele actuar de maneras tan diversas de acuerdo a las urgencias que la rodean”.

En ningún momento de mi crítica propongo que deba existir un camino único de realizar curaduría o arte. En la crítica que reali a la exposición Hombres en ruinas, incluso hago alusión a mi texto El malestar de la curaduría: un acto in-visible” (lo pongo aquí nuevamente, ante el deliberado “olvido” del curador, al omitirlo de su respuesta). En este texto exponía, dialógicamente,  perspectivas que han tenido diversos curadores e investigadores en torno a las complejidades de lo curatorial en el contexto del arte contemporáneo desde múltiples dimensiones: de lo conflictivo de los vínculos artista-curador, hasta los condicionamientos institucionales, contextuales, discursivos que los marcan.

Por lo tanto, no sé de qué visión “homogénea y dogmática”, de qué “esencialismo” en torno a lo curatorial me acusa el Sr. Guerrero, pues si por algo se han caracterizado mis limitadas prácticas como curador (ejercicios que he sido el primero en confrontar, pues siempre las he considerado limitadas, incompletas, deficitarias), ha sido precisamente la puesta en escena de las complejas paradojas de esas prácticas curatoriales, pero a partir de la interlocución con otros, algo de lo que adolecen las propuestas que he podido ver del Sr. Guerrero (para más información véase: Arte y Curaduría: ¿un diálogo posible?, 2005, donde precisamente invité a ocho artistas y curadores centroamericanos a realizar, entre ellos, un ejercicio de interlocución en torno a sus propias prácticas).   

Lo que cuestioné de la curaduría de Hombres entre ruinas, no es que parta de un modelo  x, y o z de estrategia curatorial, pues defiendo la necesaria plurivocidad de esas prácticas y discursos en el contexto actual del arte (una utopía que no existe, ni nacional ni internacionalmente, pues esos ejercicios se hallan casi siempre copados por muy pocas voces, que ejercen un seudo-monopolio sobre las mismas),  sino el modo  antojadizo en que el curador de esta exposición escoge sus referentes y manipula los documentos y artistas incluidos, con una patina de supuesta libertad ensayística y un barroquismo o enrevesamiento informativo-conceptual, que precisamente esconde bajo la superficie de aparente complejidad, la incoherencia de sus puntos de vista (sobre esto, aporto suficientes argumentos en el texto inicial publicado en este mismo blog: Curaduría y género, memoria e identidad)

En todo caso, quien considero ha asumido como ejercicio unívoco -una voz única que habla-  y autoritario -el autor que domina- el ejercicio de lo curatorial, es precisamente el Sr Guerrero, no solo en las dos  muestras específicas que he podido ver, sino desde la plataforma que le proporciona la institución de la cual es director artístico,  pues un año después de estar al frente de la misma, no he visto ninguna exposición que no esté encabezada por su discurso curatorial, ni he percibido tampoco interés en incorporar a la institución otras perspectivas y voces artístico-curatoriales de profesionales nacionales, regionales e incluso internacionales. 

. cita: “Entender que la curaduría solo se ejerce en la relación profesional entre artista-curador es limitar tanto a los curadores como a los artistas… En mi experiencia con los artistas, este tipo de pensamiento curatorial, en vez de eclipsar su obra, cataliza procesos y significados que no habían sido discutidos previamente…me gusta comprender que la exposición es como un ensayo que se manifiesta en el espacio, como una constelación de signos. Las asociaciones de significados en las curadurías son un acto de fe, pues al final es el espectador quien con su subjetividad toma su propio rumbo, sin esa guía que demoniza Ernesto.”  

Aquí el curador mezcla varios lugares comunes muy extendidos en la actual retórica curatorial: el carácter  “ensayístico” de su propuesta (conjunción de disímiles fuentes en interacción aleatoria), su rizomática condición de semiótica pos-estructural (la exposición como una compleja “constelación de signos”), y finalmente, una especie de arrebato místico (la práctica curatorial como un “acto de fe”, nos repite en dos ocasiones), en una mezcla que no sé si tomar como una cursilería natural o un cinismo rampante.

Exponiendo luego otros lugares comunes acerca del cuestionamiento a la “autonomía de la obra de arte” (a la que tampoco hago alusión en mi crítica) y la intención de supuestamente evadir que su exposición se convierta en un “objeto burgués” (en Teorética, nada menos, quizás por eso la tendencia a la falsa tugurización y precarización del espacio de este curador en sus dos muestras), llega finalmente adónde necesita: las relaciones de poder que presupone el Sr. Guerrero deben establecerse entre artista-curador / documentos-contextos-espectador, siempre están en función de sí mismo, de sus intereses muy particualres: como curador él puede utilizar los documentos, las obras de artistas -vivos o muertos- como le venga en gana,  para “demostrar” o “ilustrar” sus tesis curatoriales; o sea, lo que evidencié en mi anterior escrito como arbitrariedades museográficas y curatoriales (exponer documentos históricos y libros descontextualizados, o artistas “dialogando” con imágenes y temas de diferentes contextos, sin la anuencia de ellos mismos), es algo de lo que el curador no solo se siente satisfecho y considera válido, sino incluso lo denomina un romántico “acto de fe” curatorial.

Así que ya saben, los artistas que vayan a incorporarse en las curadurías, perdón, en los “actos de fe” del Sr Guerrero: no solo no se debe tomar muy en cuenta lo “profesional” (asumo que con esto quiere decir que hay que tener muy presente también lo “vivencial”; es decir: irse a tomar unas birras, o unos vinitos, etc);  sino  además, sus obras podrán ser utilizadas del modo en que el curador considere y disponga más conveniente a sus particulares intuiciones e intenciones ensayístico-curatoriales; aunque, eso si, asumidas como romántico  “acto de fe” (y ya sabemos lo que nos dice la religión de la “fe”: no se cuestiona).   

. Sobre la extrema profesionalización del arte y la utilización de los archivos

. cita: “…me gustaría entender que ésta es mi propia manera, a través de la curaduría, de ir "en contra" de lo único que yo me atrevería a decir que sí es el mainstream, y es la extrema profesionalización del arte. Por profesionalización me refiero a que las prácticas en nuestro campo se institucionalizaron en una normatización de canje de servicios entre museos, centros, galerías, artistas-curadores-críticos"

La perspectiva que tiene este curador sobre la “profesionalización” (entendida sobre todo como “normativización”) del mundo del arte,  es muy conveniente  a sus propuestas curatoriales: así como asume lo antojadizo como base retórica de sus curadurías, por eso mismo tampoco tiene que rendir cuentas -a nadie- de la consistencia de su discurso curatorial; aunque éste se haga con fondos de una institución que recibe financiamientos públicos de la comunidad europea y con material –de artistas, documentos, investigadores- ajenos. Y para ello, el Sr. Guerrero no se le ocurrió nada mejor que mezclar la consistencia con que debe ser asumida una investigación, con lo “normativizado” en el sistema del arte mismo. 


Esta arbitraria mezcla es sintomática de la negación que realiza este curador (muy a tono con la retórica típica de los curadores-paracaidistas, actuales “rockstar” del mundo del arte contemporáneo) de no reconocer, aunque lo aparenten en algunos de sus escritos y curadurías, que existen relaciones de poder asimétricas, y a partir de ello la generación de mainstreams diversos -nacionales, regionales, internacionales- en el mundo del arte. Ellos/as, en todo caso, están insertos y son dependientes, justo de las condiciones “normativizadas” que retóricamente critican o  dicen denuncian en ciertas ocasiones, pero que jamás cuestionarán o negarán en su sentido más radical, aun cuando aparenten poses subversivas con respecto a ese sistema y sus instituciones  (Marx en esto tenía razón: ninguna clase ni grupo social se suicida o realiza su auto-inmolación).     

. cita: “la limitada movilidad dentro de la academia y la petrificación de los archivos en las bibliotecas (lugar donde Ernesto demanda que se queden los archivos), me hacen comprender aún más que la experiencia micro-política que genera la sociabilidad temporal de una exposición tiene un mayor potencial para catalizar pensamiento. Como un dispositivo para poder entender el presente desde el pasado a través del arte” . 

En este apartado dedicado a los “archivos”, es donde el curador intenta una manipulación de mi crítica de la manera más burda. Decir que afirmo que los archivos deben estar en las “bibliotecas”, junto a una crítica solapada a lo que el curador llama una “limitada movilidad de la academia”, es una forma bastante elemental de manipulación –e inversión- de todas las referencias que realicé al concepto de "archivo", tanto en algunos de sus principales referentes históricos-conceptuales (de Aby Warburg a Walter Benjamin o George Didi-Huberman), hasta los múltiples artistas que lo han abordado en sus investigaciones a lo largo de los últimos años. Los historiadores-investigadores que cité, justamente son paradigmas de una ampliación y transformación profunda, tanto epistemológica como expositiva, del concepto “archivo” en tanto dispositivo textual, documental, de imagen -etc- que intenta apostar por caminos y articulaciones novedosas entre obra de arte y documento, pasado y presente, investigación y contexto, pero asumidos como  construcciones que se fundamenten respecto a los contextos que abordan, y no antojadizas como ésta.     

El desconocimiento evidente de estos referentes por parte del Sr. Guerrero, hace que me acuse de una posición "conservadora" en torno a la utilización de los archivos en exposiciones, cuando más bien es todo lo contrario: defiendo la utilización de obras artísticas  y documentos en igualdad de condiciones (aunque sin indistinguirlos y descontextualizarlos, como hace esta exposición),  pero expuestos de tal modo que las imprescindibles interacciones que se produzcan, estén al menos justificadas y tengan una consistencia mínima a nivel  curatorial. Lo otro sería fomentar el “todo vale”: cualquier documento u obra puede ser utilizada por un curador en una exposición, del modo en que quiera, sin  necesidad de darle consistencia a esas propuestas ni fundamentar ante el espectador –y a los artistas mismos e investigadores que lo apoyan- el por qué de una tesis,  un proceder y una toma de decisiones.     

Quizás por eso la solapada crítica que ejercen casi siempre estos curadores al “mundo académico”: es que sus numerosos viajes (recordemos que son talentosos y nómadas “rockstar”), su agitada vida social (condición esencial de este mundillo es estar siempre en el vórtice de la farándula del arte), su ambivalente talento de “pensadores-productores-gestores”(resultan casi siempre un híbrido de seductores intelectuales y empresarios), obviamente les impide profundizar mucho en lo que proponen y hacen  a nivel investigativo. Por eso, cuando algún crítico o académico cuestiona la incoherencia  o arbitrariedad de esas curadurías en tanto propuesta investigativa, donde por lo general referencias disímiles y dispares son agarradas “por los pelos” para justificar un discurso, el recurso más común es acusar al crítico o académico que los cuestiona de conservadurismo. En todo caso, en la farándula que asiste a estas exposiciones,  piensan, (casi) nadie se cuestiona mucho la  coherencia y consistencia de lo que se está planteando, sino el “impacto” que genere. En Cuba, se decía algo aplicable en este caso: “sino te convenzo, al menos te confundo”.  

. Sobre racismo, irracionalidad, neurosis, ansiedad… y mediocridad.  

. cita: “Pero traigo este recorte de periódico aquí también porque no paro de pensar, cuando lo leo, que Ernesto Calvo (y Marcela D) no están tan lejanos de Clodomiro Picado. Ya no es el Diario de Costa Rica, es un blog personal. Su crítica es igualmente una carta abierta y alarmante que llama a cierto purismo de cómo debe ser el mundo, de cómo deben ser las exposiciones, de cómo deben actuar los curadores y artistas… en el caso de Ernesto, es la ansiedad que le produce un tipo de curaduría que le es irracional, siniestra, que ve como una alteridad incomprensible…A la medicalización del pensamiento hay que entenderla igualmente desde ese lugar, y me atrevo aquí a psicoanalizar este “miedo de Ernesto”… Lo irracional de mi curaduría le produjo neurosis al crítico, pero esa era la idea... ¡Déjese contaminar Clodomiro!, ¡déjese contaminar Ernesto!, ¡antropofagice lo extraño y siniestro!


Y aquí llega la parte más divertida de la réplica del Sr. Guerrero.  En la cita anterior, arremete directamente en mi contra y me análoga –junto a la tal Marcela D, que escribió un breve correo en su contra-  con el racismo de los años 30´del Sr. Clodomiro Picado; pero además, erige mi modesto blog (muchas gracias, favor que me hace!) en una suerte de poderosa tribuna mediática de intolerancia, de normatividad cuasi fascista. Repito parte de la cita, porque es harto elocuente: “no paro de pensar, cuando lo leo, que Ernesto Calvo (y Marcela D) no están tan lejanos de Clodomiro Picado. Ya no es el Diario de Costa Rica, es un blog personal. Su crítica es igualmente una carta abierta y alarmante que llama a cierto purismo de cómo debe ser el mundo, de cómo deben ser las exposiciones, de cómo deben actuar los curadores y artistas..."

¿Qué es tan “alarmante” Sr. Guerrero? Que ejerza mi derecho a la opinión desde una posición autónoma, no condicionada y de poder como la suya, que haga una crítica fundamentada y razonada (aunque ciertamente desfavorable a usted) de una exposición que ha curado. Si yo no fuera un tipo que me tomo estas cosas con humor (al final me divierto mucho escribiendo estos textos, que hago gratis, a diferencia de usted, que los debe escribir para justificar un –me imagino- buen salario), las acusaciones que me hace indirectamente de “racista”, pudieran derivar en algo más que una polémica en el campo artístico; pero no se preocupe, su diatriba, más que incomodidad, me mueve a la risa. 
  

Y esto, a su vez, tiene que ver con la “ansiedad” y la “neurosis”  que el Sr. Guerrero cree me ha generado su exposición, en una vulgarización del psicoanálisis que compite con su curaduría misma. A ver Sr. Guerrero, su curaduría la critiqué porque me interpeló (esto es hasta un “elogio”, por sino lo capta) pero de manera negativa,  porque la considero un discurso pretencioso pero fallido, que aparenta profundidad pero esconde muchas liviandades discursivas y arbitrariedades históricas, que en su autoritarismo curatorial es irrespetuoso -por igual- con artistas, documentos y la institución que utiliza como plataforma.   


Por otro lado, lo “irracional, siniestro y abyecto” (vaya a las fuentes para intentar “psicoanalizarme”: lea a Freud y Lacan, antes que a Fanon) no es algo que rechace, más bien tengo una propensión –casi morbosa- hacia ellos, y por lo tanto, los escritores, artistas, ensayistas, cineastas, etc., a los que me acerco, se encuentran casi todos dentro de esas tendencias y búsquedas (por eso hablé en mi crítica de la "estética dionísiaca" como dominante en nuestra época, a propósito del fascismo y del arte degenerado).  De esa manera me “contamino”, de esa forma asumo mi “antropofagía”  (que no es un lugar común brasileño, por cierto, pues tengo muchos otros referentes para asumirla).  


Lo que si rechazo es la ligereza camuflada de pretenciosidad, y sobre todo el oportunismo travestido de irreverencia y aparente iconoclasia. Por eso, no le creí tampoco en su presentación de los “artistas degenerados” de otros contextos: los ejemplos que presentó, son precisamente una evidencia del vaciamiento de sentido de lo “degenerado” en nuestra  época, cuando esas marginalidades son cooptadas hoy por las instituciones artísticas que las absorben y legitiman: desde el museo hasta el mercado No incluir ni preguntarse por “artistas degenerados” en el contexto actual de Costa Rica y Centroamérica, sino muy bien posicionados en esas institucionalidades -simbólicas y mercantiles- del sistema del arte, es una manera muy cómoda -pero inconsecuente- de mantenerse en una zona segura, de confort, apelando paralelamente a un discurso en apariencia transgresor.


. Una milagrosa "reimaginación"

 . última cita: “Creo firmemente que la condición transnacional y transcultural que plantea la muestra hace parte del internacionalismo que estamos pensando como parte de la re-imaginación institucional de TEOR/éTica, cuyo punto de partida son las problemáticas y narrativas históricas locales y regionales”.  

Les deseo mucha suerte en esa “reimaginación” de Teorética. Lástima que tuvo que esperar tanto -más de un año- para empezar a pensarla y formularla; y que fuera precisamente mi "conservadora, racista y neurótica" crítica, la  que sirviera de catalizador de la misma

No obstante, apelando otra vez a esos lugares comunes que tanto le gusta utilizar en esta última cita recurre a lo “transnacional" transcultural”- sin posicionarse críticamente ante lo que fue la institución y el contexto que le rodea, en sus cambios o posibles transformaciones, pero también en sus responsabilidades actuales y futuras, esa supuesta “reimaginación” -al menos personalmente-  la considero en este momento una gran incógnita…

En todo caso, por mi parte seguiré asumiendo mi “conservadora, neurótica y racista” crítica, esa que me garantiza el derecho a emitir las opiniones que considere pertinentes sobre las instituciones, artistas o el sistema del arte, cuando lo estime conveniente.  El lugar desde donde las emito, ética y profesionalmente, me asegura no tener que negociarlas, ni con usted Sr. Guerrero, ni con Teorética, ni con nadie.   

(La réplica del curador de Hombre entre ruinas, puede ser consultada en los comentarios del texto en mi blog, pues allí la puso el Sr Guerrero; me imagino que asumiendo yo no le daría el espacio para exponer sus puntos de vista, una cortesía profesional que, por supuesto, no me han admitido ni la institución ni el curador de la exposición respecto a mi crítica).