1 sept. 2013

Teleshakespeare: mirar o no mirar…



Teleshakespeare: 
mirar o no mirar…cierta TV que interroga.  

(*versión escrita de la presentación realizada al ensayo  
Teleshakespeare (editorial Germinal), de Jorge Carrión
en la Feria del Libro de Costa Rica)  

  
Lo primero que quisiera “confesar” antes de iniciar estos breves comentarios a Teleshakespeare, es que, al igual que muchos que en nuestras profesiones o aficiones resultamos  cercanos al análisis  del cine, las artes visuales, la literatura o la escritura en general,  no he dejado de tener un cierto prejuicio -muchas veces justificado- por la televisión como medio masivo. Sin llegar a colocarla como esa imponente “caja tonta” que todavía algunos denigran o estigmatizan, aunque muchas veces la consuman  -y disfruten- a ocultas, soy de los que no les presta mucha atención al medio televisivo, quizás  por la idea de que es mucho el tiempo –y la potencial adicción que genera- que se pierde consumiéndola, y que es poco lo es capaz de aportar, más allá de las noticias catastrofistas o amarillistas de los noticiarios, los programas de chismes y  entretenimientos,  y otros similares. 

Por eso lo que inicialmente me atrajo al conocer este ensayo,  fue su título mismo: una mezcla que pareciera paradójica, pues resulta difícil concebir cómo desde el ámbito televisivo pudiera interactuarse con un canon occidental incontestable de lo literario y la escritura como lo "shakespereano".   El otro dilema al acercarme a este ensayo, es precisamente que no he seguido muchas de las teleseries norteamericanas que comenta Jorge Carrión en sus reflexiones, por lo que mis impresiones y comentarios se refieren sobre todo al tipo de ensayismo que ejerce  este investigador y los argumentos en que se sustentan.  Por ello, me ha parecido interesante retomar una estrategia que Carrión  propuso al aproximarse en uno de los capítulos a la muy conocida serie Los Sopranos,  y que expuso  a partir de notas sueltas, algo similar a lo que haré en estos fragmentarios comentarios.  

Lo primero que me llamó la atención de este ensayo, es la posible relación que pudiera tener, en el caso de Jorge Carrión,  con su condición sui generis de escritor de libros de viaje, ficción y ensayo, estrechamente vinculados  con híbridas formas de interrelacionar escritura, visualidad, tecnología e interactividad en el contexto contemporáneo, no solo español  sino iberoamericano e internacional.   Por eso, mi interés por el libro viene dado más por el tipo de ensayismo que propone Carrión y sus posibles conexiones, que por la cercanía  al tema propiamente.  Así, a pesar de no conocer las tramas, personajes y sub-textos de estas teleseries, me interesa sobre todo la complejidad  de las referencias intra y extra-textuales que propone el ensayista, que van de la literatura clásica y contemporánea, a la novela gráfica y el comic,  de la filosofía y la estética, a la física cuántica, pues ese reto fue lo que me incitó a continuar su lectura.  

Esto, a su vez, lo conecto con esa referencialidad híbrida, polimorfa de algunas tendencias ensayísticas contemporáneas,  que entremezclan referentes desde literarios, estéticos y filosóficos, hasta mediáticos o cotidianos,  pero que a la vez se alejan de los formatos aburridos, encorsetados  y poco propositivos del academicismo al uso, que bajo el ropaje de un supuesto equilibrio, seriedad y “cientificidad” investigativa , lo que aportan la mayoría de las veces  son temas manidos y lugares comunes a las problemáticas culturales -sean estas literarias, visuales, etc.-   de nuestros contextos, con una escasa o nula dosis de dudas e interrogantes.   

Por ello, no me cabe duda que en el debate entre paradigmas ensayísticos -e incluso epistemológicos- tanto en ese ámbito académico como en el mediático,  ensayistas como Jorge Carrión puedan ser tildados  en muchas ocasiones como  “pop-modernos”, con todo lo despectivo que tiene ese término  al intentar desacreditar cualquier intento de renovación, tanto de las formas como de las ideas  que arriesgan una comprensión de los ámbitos literario y visual en sus complejas interconexiones actuales, mediadas sobre todo por la virtualidad, las redes sociales y las tecnologías.  

En conexión a esto, aunque en una entrevista que le realizaran hace algún tiempo, Jorge Carrión niega –o al menos cuestiona-  pertenecer a una “generación” (con todo lo problemático  que tiene este término)  de escritores nacidos en los 60´s y 70´s dentro del  contexto español, llamada en ocasiones Nocilla, en otras Afterpop,  o Nueva Luz -por destacados integrantes de esas tendencias como Agustín Fernández MalloVicente Luis Mora o Eloy Fernández Porta-  siento personalmente que,  a pesar de los particulares caminos y marcas individuales que legitimamente defiende Carrión en esa entrevista, a mi entender lo emparenta una determinada sensibilidad común, un cierto “espíritu de época” (para decirlo en términos neo-románticos) con esas tendencias reivindicadoras de nuevos modos de analizar -y ver- esas interrelaciones complejas entre literatura y ensayo, nuevas tecnologías, espacios virtuales-interactivos y de conocimiento, como componentes ineludibles en esas formas de hibridación entre escritura y  visualidad, virtualidad y realidad que se ha producido en la cultura contemporánea. Y creo que, precisamente, Teleshakespeare es una evidencia de ello.   

Así, los referentes o lecturas intertextuales para analizar y percibir las mejores teleseries estadounidenses  de los últimos 25 años desde el paradigma shakespereano –o que también pudiera ser cervantino, o borgeano, plantea Carrión en otro contexto- desde la lectura que propone Harold Bloom sobre la literatura occidental; o las reflexiones sobre los vínculos entre visualidad y globalización, virtualidad y estética que propone Nicolás Bourriaud como nuevos modos de ejercitar el intercambio entre creación, crítica e interpretación, o de percibir las interrelaciones entre productores-creadores y lectores-espectadores activos; o  el modo de relacionar física cuántica con sus percepciones sobre diversas teleseries, tanto de ciencia ficción como más realistas,  podrían ser catalogados en este caso, desde un ensayismo academicista y ortodoxo, precisamente como una “impostura" investigativa poco seria y hasta irresponsable.


No obstante, creo que vale la pena citar algunos breves pasajes de Teleshakespeare,  donde Jorge Carrión realiza comentarios  y afirmaciones que pudieran considerarse -según se interprete-  escandalosas o, por el contrario, incitantes reflexiones que nos invitan a interrogarnos sobre esos complejos vínculos entre teleseries y sus múltiples referentes. Así, por ejemplo, al  analizar los vínculos entre teleseries y algunos referentes literarios, filosóficos o psicológicos, Carrión nos dice: “Algunas teleseries han construido, capítulo a capítulo, auténticas bibliotecas de narrativa, poesía y ensayo… con referencias a Shakespeare, Nietzsche, Baudelaire, Tocqueville, Freud o Jung…” .   O cuando cita  como exergo, al inicio de su ensayo,  precisamente a Nicolas Bourriaud, a propósito de la crítica y la interpretación en el época actual: “La primera tarea del crítico consiste en reconstituir el juego complejo de los problemas que enfrenta una época particular y examinar sus diferentes respuestas…La actividad artística constituye un juego donde las formas, las modalidades y las funciones evolucionan según las épocas y los contextos sociales, y no tiene una esencia inmutable. La tarea del crítico consiste en estudiarla en el presente.”  

O esta otra, sobre semiótica, cultura visual y tecnología contemporáneas,  muy relacionadas con lo que plantea Bourriaud y los análisis de los vínculos entre realizardor-productor y lector-espectador deTeleshakespeare: “Nos encontramos en un momento histórico de una complejidad semiótica sin precedentes, por la multiplicación de lenguajes y de vehículos de transmisión, en grados de simbiosis e hibridación inimaginables hace veinte años ...Se ha desestabilizado para siempre la separación entre el artista o artesano como productor y el lector o televidente como consumidor…Todos producimos porque todos somos actores…Todos somos piratas textuales que leemos, descontextualizamos, descargamos, traficamos con links y con lecturas de las obras que identificamos como pertenecientes a ese meta-género que es la teleserialidad de culto. Todos somos fans. Todos somos microcríticos…microcríticos recreadores. La energía que nutre de información y de arte el universo teleshakesperiano”.   

O igualmente,  cuando relaciona las teleseries y sus espectadores-lectores activos,  a lo que llama “ficción cuántica”: Bisnietos de Baudelaire, nietos de Walter Benjamin, hermanos o hijos de Marguerite Duras o Joan Fontcuberta, los lectores metropolitanos de la ficción cuántica son multicanales… Practican la lectura en niveles simultáneos, en universos paralelos, en archipiélago o en red. Su inteligencia está en perpetuo intercambio… Porque la ficción cuántica no sólo goza de una existencia múltiple, en estados paralelos y complementarios, en mundos posibles que se retroalimentan, sino que esa multiplicidad tiene como razón de ser el conocimiento. Es narrativamente compleja porque entiende que las realidades que se propone analizar también lo son. No respeta los géneros porque no se impone restricciones y porque sabe que, en el fondo, no son más que perspectivas de lectura sobre el mundo, opciones que se pueden y se deben completar, simultáneamente, con otras, con todas las posibles” .

Más adelante, y de manera más puntual, Carrión desliza un análisis específico de varias teleseries estadounidenses  recientes, que tipologiza de manera laxa, siguiendo  desde sus historias o tramas, hasta las perspectivas psicológicas o sociológicas de sus argumentos y personajes: “Sería posible establecer una clasificación de las teleficciones norteamericanas de nuestra época según su velocidad interna. En un extremo tendríamos los productos de acción,  en los que las situaciones límite y los giros argumentales se suceden a ritmo de vértigo, como 24 o Prison break; en el centro, cambiando constantemente de velocidad, estarían Dexter o Lost; y en el otro extremo, la relativa lentitud de las mejores teleseries de la historia, como Six Feet Under, The Sopranos o The Wire”.

De ellas  extraigo solo algunos ejemplos de análisis asociativo, entre los que más me llamaron la atención: Dexter y la dualidad sicológica, Fringe y el bioterrorismo, Treme y el espectador de arte o culto (“que se joda el espectador promedio”, según la irónica frase Carrión), The Wire y la obra de arte total. Y precisamente, sobre esta última Carrión expresa,  de manera tajante: The Wire es una obra de arte, una máquina de representación, una red cuyas contracciones y expansiones están perfectamente controladas…La ficción hiperrealista sólo puede terminar donde ha comenzado: en lo real. The Wire pone rostro y biografía a la multiplicidad de la ciudad. No reduce la complejidad mediante la simplificaciónExpande redes; superpone estratos; llena los vacíos de sentido de la trama urbana; propone centros posibles para, tras la elipsis, pulverizarlos”.

Otros  importantes énfasis  propone Carrión en su ensayo (como el de la “autoría” en las teleseries) que les dejo como inquietud adicional. No obstante,  quisiera sugerir otras posibles líneas de investigación –e inquietudes- que me despertó este estimulante ensayo: desde el análisis sobre el fenómeno televisivo y sus afluentes que han realizado ensayistas -clásicos o contemporáneos-  que van desde Theodor Adorno y Umberto Eco, pasando por Marshall Mac Luhan y Guy Debord, hasta David Foster Wallace o Slavoj Zizek (los cuales menciona el ensayista), o que podríamos expandirse incluso a Jean Baudrillard o Paul Virilio  y sus  términos asociados a la “pantalla-mundo”; o en el contexto latinoamericano, valdría la pena revisar críticamente desde las lecturas mediáticas-politizadas de Ariel Dorfman y Armando Matterlat en los años 70´ , pasando por análisis semióticos y contextuales como los de Lorenzo Vilches y Jorge La Ferla, o de ensayistas culturales como  Armando Silva y Néstor García Canclini, por poner algunos ejemplos. 

Esto se asocia, a su vez,  con algo a lo que hace referencia -como interrogante más que respuesta- Jorge Carrión en una entrevista: cómo “traducir” esa efectividad mediática y a la vez profundidad referencial de algunas teleseries estadounidenses,  si analizamos el universo particular del melodrama y la telenovela ibero-latinoamericana.  Pero igualmente, podríamos pensar en el análisis, seguramente estimulante también, de cómo se manifiestan las teleseries y sus referentes múltiples en contextos que han conocido del auge de un particular “cine de autor” en los últimos 15-20 años (como el contexto medio-oriental) o en esos monstruos económicos y audiovisuales que son China, Japón, Corea del Sur o la India en el Oriente... En fin, son solo posibles temas que  quedan como interrogantes, dentro una rizomática investigación en la que puede derivar este amplio y complejo tema.     

Por último, quisiera agradecer a  la Editorial Germinal por la publicación de este libro en Costa Rica, que permite establecer  interconexiones y diálogos entre el contexto literario, ensayístico y de pensamiento costarricense e iberoamericano, que considero nos retroalimenta y enriquece a todos.  Y finalmente,  terminar con otra reflexión de Jorge Carrión,  relacionada directamente con el vínculo entre ese paradigma “shakespeareano” y las teleseries,  en relación a lo tecnológico y lo literario, pero también –y sobre todo- con lo humano:    “Lo humano es un fenómeno dinámico, esquivo, resbaladizo, nómada, de imposible fijación, que nadie puede definir unívocamente, ni siquiera el ente inconcreto a quien llamamos William Shakespeare… Hamlet, el Quijote, Robinson Crusoe, la Comedia humana, Crimen y castigo, La Regenta, La montaña mágica o Austerlitz comparten ese punto de partida: la obra es un campo de investigación, un laboratorio en que el creador disecciona, trata de descubrir qué es y qué puede llegar a ser un ser humano en un momento histórico concreto… entre el universo dramático del teatro isabelino, con Shakespeare en su centro, y el universo melodramático de la serialidad televisiva contemporánea, sin centro definido,  Shakespeare queda lejos, desenfocado, viral, en el trasfondo. Hay que hacer un zoom para identificarlo. Pero se nos pixela. Insistimos, no obstante. Teleshakespeare”.