22 mar. 2011

algunos pensamientos sueltos sobre "Agua fría de mar"

Fuera de lugar: un cierto estado para no-estar

2009, Costa Rica, Francia, España, México, 83 min.

Guión y Dirección: Paz Fábrega. Productora: Temporal Films; Tic Tac Producciones (España); Isabella Films (Holanda); Pimienta Films (México). Producción: Paz Fábrega, Max Valverde.
Fotografía: María Secco. Edición: Nathalie Alonso. Dirección Artística: Marielos Cordero, Dominique Ratton Pérez. Intérpretes: Montserrat Fernández, Lil Quesada Morúa, Luis Carlos Bogantes.  

"Sueño con serpientes, con serpientes de mar, con cierto mar, ay, de serpientes sueño yo"
Silvio Rodríguez. 
     
Una cámara se adentra en el mar junto a dos personajes (padre e hija); una imagen se sumerge en el agua hasta provocarnos una sensación de ahogarnos con ella: y más que frío, es posible sentir un escalofrío…Así comienza Agua fría de mar, ese extraño filme de la realizadora Paz Fábrega, donde narrar no es contarnos una historia diáfana, entendible, predecible para digerir y “disfrutar” de una vez, sino para adentrarnos en un laberíntico espacio de sensaciones y dimensiones simbólicas, que se vuelven a la vez humanas.

Por eso, pretender valorar este filme desde una fría o distante “perspectiva crítica”, al menos para mí se me hace imposible. En ese sentido prefiero ejercer el derecho al criterio -como Charles Baudelaire u Oscar Wilde- desde un juzgamiento que incluye la emocionalidad antes que la frialdad analítica; por eso, además, prefiero intentar comprenderla y escribir estas ideas, un tanto deshilvanadas y aunque sea precariamente, desde un personal encuentro con imágenes, silencios, emociones contenidas de un cine "otro", más que con la necesidad –u obligación- de buscar y digerir una narrativa lineal con trama e hilos conductores, con personajes plagados de evidencias, con una edición y banda sonora efectistas, más que estricta o invisiblemente  necesarias. 

Prefiero para valorar este filme, entonces, como se hace cuando nos acercamos a obras arriesgadas, retadoras, que no parten de concesiones para lograr sus pretensiones artísticas y comunicativas -aunque posean ciertos "defectos técnicos" evidentes por diversas circunstancias-  más bien valorar lo cinematográfico en un reencuentro con sus formas más primigenias: imágenes en movimiento que intentan atrapar espacios, tiempos y la presencia humana, y a través de la cual se pretende dejar evidencia, aunque sea de forma indirecta y nerviosa, de los trazos, marcas e incluso inseguridades de quien realiza esa exploración a la vez estética y humana, a partir de lo audiovisual.


Y creo que eso hace Paz Fábrega en su opera prima. Si toda obra de creación tiene una inevitable carga referencial o autobiobráfica, desde la extraña confluencia o bifurcación de los dos personajes claves de este filme -la niña Karina y la adulta Mariana-, pero también desde los bellos aunque inquietantes espacios escogidos y las metáforas visuales que se nos proponen a lo largo de la trama a través de su sobría pero imponente fotografía, la realizadora nos habla de dimensiones humanas que a veces ocultamos; de personalidades y traumas que nos vamos forjando, y que están inevitablemente condicionados por nuestro devenir y memoria personal, por nuestra convivencia con aquellos que conocemos de manera cercana o no, y por los conflictos o posibles confluencias con nuestros propios contextos culturales, vivenciales y humanos.

Tal vez por eso, creo que es acertada la afirmación de Paz Fábrega sobre su propio filme, al percibirlo como la sensación permanente -e inexplicable- de un “fuera de lugar”. Y esa idea no es solo de tipo espacial o cultural (ahí no se encuentran, pienso, sus claves principales, aunque también las posea), sino que más bien resultan comunicacionales, vitales: si hay algo que marca de manera recurrente e inevitable los silencios, los tiempos muertos, los aparentes vacíos de este filme, son precisamente las im-posibilidades de una comunicación. Esta implícita aunque contundente dimensión en torno a las dificultades de la comunicativo, es lo que posiblemente más me marcó como espectador ante este filme; por mi pasaron mientras lo veía, como imágenes mentales, aquellas afirmaciones de Octavio Paz: “Vivir es separarse de lo que fuimos para acercarnos a lo que seremos en el futuro. La soledad es el hecho mas profundo de la condición humana”.

Esa doble dimensión que señalaba Octavio Paz en su clásico ensayo El laberinto de la soledad, a medio camino entre lo temporal y lo existencial, pienso que se relaciona a su vez con la también clásica trilogía de filmes de Michelangelo Antonioni sobre el tema de la incomunicación, especialmente en La aventura: esa obra tan denostada -abucheada de hecho- en el momento de su estreno en el Festival de Cannes allá por 1959, que sin embargo ha sido revalorizada con el tiempo en la obra maestra que es hoy en día. La aventura, para mayor coincidencia, se desarrolla a la orilla del mar, y habla también sobre una persona que desaparece o se pierde, y de su metafórica búsqueda...por eso, si existe un filme con el que análogo Agua fría…es justamente con este aún raro clásico de Antonioni.


Otro poético filme que evoqué cuando vi el filme de Paz Fábrega, de manera más tangencial aunque no por ello menos intensa, es La doble vida de Verónica de Krzysztof Kieślowski, donde ese entrañable cineasta polaco nos acerca a la vida paralela, en eventos y percepciones, de dos mujeres en Varsovia y París, y cómo esas inexplicables y casi místicas confluencias las condicionan incluso hasta la muerte. En Agua fría… el contrapunto constante entre los comportamientos, actitudes y reacciones de la niña Karina y la joven Mariana, creo que proponen precisamente ese extrañamiento en torno al no-estar, esa insatisfacción acallada pero evidente que no puede exteriorizarse sino en la huida, o incluso en la autoflagelación (la escena de la niña clavándose los dientes afilados de la serpiente marina, son sobrecogedoras).

  Por otro lado, los entrelazamientos de la poética de Paz Fábrega se extienden -por supuesto- al universo del cine latinoamericano contemporáneo, y pueden incluir desde las narrativas metafóricas y a la vez crudas de Carlos Reygadas, Lisandro Alonso o el más joven Pedro García Rubio, a las poéticas entre lúdicas e irónicas, pero a la vez elípticas y silenciosas de Lucrecia Martel, Lucia Puenzo y Claudia Llosa, dentro de las cineastas femeninas. En ese sentido, las secuencias de la piscina en Agua fría… y la forma misma en que se conciben simbólicamente en la trama, parecieran incluso un diálogo implícito o contrapunto intertextual con la memorable piscina sucia donde se desarrolla la mayor parte de ese portento del cine contemporáneo que es La ciénaga, de Lucrecia Martel. Por otro lado, podría decirse que las búsquedas de Paz Fábrega confluyen también, relativamente, con algunas de las últimas y más interesantes estrategias narrativas y estéticas del cine costarricense, que van desde Hilda Hidalgo a Ysthar Yasin, de Hernán Jiménez a Jurgen Ureña, donde los silencios, las espacios narrativos evocadores a través de la imagen, más que la palabra, se han impuesto a la evidencia, el panfleto o la literalidad ideológica o estética.


Así, en el filme de Paz, la presencia constante de estos sugestivos elementos visuales y simbólicos –el océano imponente, esas amenazantes serpientes marinas entre vivas y muertas, los hoyos o agujeros donde los niños juegan o caen los adultos, los enterramientos en la arena, la música popular de fin de año- son pistas que, a falta de una narrativa articulada sobre puntos de giros fuertes o diálogos explicativos y de evidencias, nos permiten darle cohesión y conformar -desde nuestro propio universo interpretativo- a este acallado pero a la vez intenso filme; una película que, más que representar un “punto de llegada o maduración” en el cine de Costa Rica (habituales tópicos que se suelen decir en estos casos, dentro de una cinematografía aun joven como la costarricense) creo que será, con los años, de esas polémicas obras que pueden ser percibidas como auténticas rara avis: por lo que propone en su sencilla aunque incisiva trama, por lo que evidencia a través de sus metafóricas imágenes; pero sobre todo por lo que esconde, por lo que sugiere más que dice, incluso más allá de si misma…


P.S: dejo acá una breve reflexión, que dialoga de cierto modo con algunas de las perspectivas y debates que ha suscitado en estos días el filme de Paz Fábrega. 


Decía Godard que una historia “debe tener un comienzo, un medio y un fin, pero no necesariamente en ese orden”; por eso también dijo alguna vez: “las películas son un mundo de fragmentos”. Creo que la exigencia de que se nos cuente una “historia o trama” donde se caractericen o desarrollen unos “personajes” bien delineados, o que la narrativa sea coherente, comprensible en el filme de Paz Fábrega, se explica precisamente porque se parte -aunque sea de manera inconsciente- de un modelo único y supuestamente “verdadero” de cómo se debe narrar y conformar personajes en el cine. Y ese modelo, por supuesto, es el que viene de Hollywood (aunque sea en sus películas más serias o potentes, como las de Eastwood) y parte de un paradigma aristotélico que ha resistido a todas las subversiones de las vanguardias desde el siglo XIX y hasta la actualidad, no solo en el cine, sino también en la literatura, el teatro, etc. La exigencia tácita o el gusto implícito por este modelo  es muy notable incluso en grandes críticos oficiales de medios muy importantes, como Roger Ebert (Chicago Sun) o Carlos Boyero (El País), que muchas veces muestran prejuicios sorprendentes hacia filmes de “países periféricos” -como Irán, Corea, Turquía, o incluso de América Latina- precisamente porque parten de presupuestos narrativos, visuales, dramatúrgicos diferentes a lo que estamos acostumbrados a ver en el cine comercial, sea este de menos valor (chatarra), o incluso con valores artísticos interesantes (algunos de los Oscar y compañía).

Y creo que eso también pasa en Latinoamérica, donde algunos cineastas como  los González Iñarritu, Guillermo del Toro,  Fernando Meirelles, han podido internacionalizarse, por la formación que tienen y la fuerza misma de su cine, pero también porque se avienen un poco más a esos modelos, aun cuando hayan desestructurado relativamente en algunos casos narrativas lineales en sus películas (las famosas historias paralelas que se entrelazan del dúo Arriaga-Iñarritu, por ejemplo). Sin embargo, no creo que eso pase con otros realizadores también latinoamericanos contemporáneos como Carlos Reygadas, Lucrecia Martel o Lisandro Alonso (por poner algunos pocos casos emblemáticos), que parten de otros presupuestos estéticos, narrativos e incluso ideológicos que no tienen que ver con una industria como la hollywoodense y lo han dicho de manera explícita (y creo en ese sentido que Paz Fábrega se inserta de algún modo en esta corriente). Eso también le ocurrió en su época a cineastas como Buñuel o Eisentein -entre otros- cuando fueron invitados a filmar en Hollywood y no pudieron; o el mismo Antonioni, que dijo alguna vez, a partir de su personal mala experiencia: “Hollywood es como estar en ningún lugar hablando a nadie sobre nada”. Y que esto lo dijera Antonioni, tan existencialista él, pues es muy significativo.

En todo caso y refiriéndome ya más específicamente a los aspectos contextuales en que se ha producido y estrenado este filme, lo que me parece se está dirimiendo en el contexto costarricense con la película de Paz Fábrega,  es la posibilidad de ver -y apoyar- otro tipo de cine en este contexto, con formas diferentes e incluso cuestionadoras respecto a las más estandarizadas y comerciales ideas de narrar y de cómo contar historias desde la imagen audiovisual. Y eso no tiene que ver únicamente con el espectador, sino también con el ámbito formativo, el de las escuelas de cine y el de las instituciones que apoyan el audiovisual en Costa Rica.