12 may. 2014

Rolando Castellón. Estación 13: ese lugar de los des-encuentros.



Estación 13: ese lugar de los des-encuentros. 

texto para la exposición retrospectiva sobre Rolando Castellón, 
realizada en Managua y Granada en 2013

Qué poder escribir  sobre un personaje  solo a veces llamado Rolando Castellón, pero cuyos otros muchos nombres nos hablan, no solo de sus otras vidas y personalidades, sino de sus  inquietudes y vivencias dentro del mundo del arte, y fuera de éste.


Alguna vez dije haber tenido la primera imagen de Rolando, como una especie de misterioso personaje parisino de los años 60´ del siglo pasado, con una gabacha a lo Jean Gabin, sombrero que encubría parcialmente su mirada y zapatos elegantes, un atuendo que  parecía el más apropiado para llamar la atención, pero a la vez para encubrirse de algo. Y ese “algo” es justamente lo que es necesario descubrir permanentemente en los sucesivos acercamientos a Castellón: dónde comienza el artista y termina el personaje; dónde empieza el arte y termina la vida; dónde es posible localizar al menos algunas pistas de su perenne curiosidad, esa que lo lleva a concebir  casi todo como un pretexto ideal para darle el sello de “arte”, pero que en su caso particular es sobre todo una incesante vitalidad creadora -y recicladora- de objetos, de ideas y de actitudes, efímeras pero por eso mismo en perenne transformación. 
 
No es casual que esa eterna curiosidad y la formación autodidacta misma de Castellón, lo haya hecho explorar  con igual intensidad y  de una manera sumamente híbrida, ecléctica, desde  las raíces ancestrales  -visuales, literarias,  lingüísticas- de su propia culturacomo única manera de rescatar a la vez memoria y resistencia, junto a algunas de las manifestaciones  artísticas occidentales más vitales de los  últimos 100 años: desde el cine clásico europeo y norteamericano, que pudo ver siendo proyeccionista en Managua hace ya algunos años,  hasta las propuestas más radicales del arte contemporáneo: del land  art, el povera o el conceptualismo, al graffiti,  la performance o la desmaterialización misma del objeto-arte.  




 Sin embargo, la particularidad -y sobre todo la vitalidad- de la obra de Rolando Castellón, se haya no solo en la temprana apropiación de esos referentes tan variados, sino en el modo  en que este diálogo se ha producido, como parte de un proceso natural, fluido, orgánico,  sin complejos tercermundistas ni poses esnobistas.  Aunque las inquietudes y búsquedas de Castellón podría decirse que hoy no están muy de “moda” en nuestro tecnologizado entorno virtual,  su impronta ha estado presente, de manera directa o indirecta, en algunas de las más sólidas propuestas de artistas  del contexto nicaragüense y centroamericano; esto  a pesar de la invisibilidad, el origen incierto y el equívoco constante que ha marcado mucho de su  trayectoria, que a él mismo le gusta recordar, entre la seriedad y la broma, la queja y la in-satisfacción.  Esta particularidad ha hecho que su presencia, aunque relativamente reconocida en el panorama  del arte centroamericano y latinoamericano contemporáneo, no haya sido aun valorizada ni “descubierta” plenamente, para utilizar uno de esos términos a los que en ocasiones él mismo alude con ironía.


Por eso, una de las mayores satisfacciones de mi práctica profesional a lo largo de estos últimos años, fue justamente invitar a Rolando Castellón a que se apropiara del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo -un espacio que él mismo contribuyó a posicionar como gestor y curador, otras de sus vertientes creativas- con su exposición Rastros de 2005 en el MADC. Más que una muestra al uso, Rastros se convirtió en el lugar de  interacción constante de las inquietudes  y búsquedas de Castellón, donde tanto él como el espectador que asistía, no solo se involucraban en ellas sino que la materialidad de las piezas y el espacio mismo, contribuían también a esa permanente transformación.    



En ese sentido, el magnífico libro-catálogo que editó Teoré/Tica a propósito de esta muestra, fue un muy necesario y merecido reconocimiento al menos parcial a la trayectoria de uno de los artistas más excéntricos, raros, escurridizos y a la vez auténticos, no solo del arte centroamericano sino del panorama latinoamericano e internacional de los últimos 50 años. Muchísimo podría escribirse sobre las infinitas derivas de la obra de Castellón y sus heterónimos artísticos. No obstante, es poco lo que puede decirse más allá de esos excelentes textos críticos, analíticos, vivenciales recopilados en el libro-catálogo Rastros: desde los de Virginia Pérez-Ratton, Paulo Herkenhoff  o Raúl Quintanilla, hasta los de Clara Astiasarán, Howard Pearlstein y Tamara Díaz Bringas.

Precisamente de esta última autora  es de quien retomo -en mi título mismo- las doce estaciones que ella concibió  para  hacer un intenso pero a la vez humano recorrido por las inabarcables facetas  de las trayectorias artísticas y vitales de Castellón: desde sus posicionamientos ante el objeto y el sistema artístico mismo, hasta sus inclusivas pero siempre renovadas prácticas curatoriales; desde su incidencia  crítica en conflictos de identidades culturales, hasta sus recurrentes preocupaciones y rejuegos en torno a la in-visibilidad personal y la autoría; de lo conceptual a lo accidental, de lo azaroso a lo inmaterial,  del tiempo, el amor y el boxeo,   al “arte” -por supuesto.   

Por eso, creo que nada mejor que citar a la misma Tamara Díaz, cuando dice al final de su texto, algo que resume mucho de lo poco que he comentado en el mío: “Rolando Castellón ha jugado con la historia, su historia. Y ella con él: lo pierde, lo equívoca, lo olvida. O tal vez lo encuentre aun, puntualmente, en la Estación 13”.     


Yo creo que aun podremos re-encontrarnos con Rolando y sus muchos personajes o heterónimos en la Estación 13: como ese misterioso Pessoa centroamericano en la nostálgica y añeja Lisboa,  quizás como Crus Alegría en la caliente y anárquica Managua,  o tal vez como Moyo Coyatsin en la provinciana y lluviosa San José.