9 de jun. de 2014

El Salvador: Bienal Promérica



(  5 de junio - 5 de julio)

  ACTA DEL JURADO 

Reunidos el 5 de junio de 2014, el jurado de la IX Bienal de El Salvador agradece a la Fundación  Promérica y MARTE, la invitación para que valoráramos  las propuestas de los artistas salvadoreños participantes en este evento,  y declara lo siguiente:

. A partir de los intercambios de diversas opiniones  con artistas y representantes de MARTE en días recientes, se recomienda hacer transformaciones en las bases de la convocatoria y en las dinámicas expositivas de la próxima bienal, teniendo en cuenta las necesidades y demandas de los diferentes agentes del medio artístico salvadoreño y centroamericano, así como los cambios acontecidos en el ámbito del arte contemporáneo en los últimos años, especialmente dentro de las bienales tanto regionales como internacionales.    

. Luego de un proceso donde se pre-seleccionaron 16 de los 42 artistas participantes, se ha realizado el seguimiento y montaje de las obras para la exposición actual, en estrecha colaboración con los artistas escogidos y el personal del museo, a los cuales se les agradece su esfuerzo y profesionalidad en la realización de este evento.


Inauguración del evento


. De los 16 artistas escogidos a la exposición de la IX Bienal Promérica, se ha realizado la selección de los 6 artistas representantes de El Salvador a la Bienal Centroamericana, a celebrarse en Guatemala a partir del 30 de julio.  Estos artistas son:

. Guillermo Araujo: Por la realización de un valioso trabajo de importancia social y comunal, que potencia aspectos creativos del arte y revaloriza  formatos tradicionales como el grabado y la escritura, activando de manera relacional y colaborativa, tanto la memoria individual como colectiva de esas comunidades donde se trabajó.   

Guillermo Araujo. Historias grabadas

. Rodrigo Dada: Por la efectiva utilización de medios tecnológicos como la fotografía digital, la internet  y la interactividad, en una reflexión sobre la necesidad de  cuestionar la inseguridad y el  confinamiento en el que vivimos en nuestras ciudades centroamericanas,  expuestos desde una perspectiva subjetiva y virtual, pero también como búsqueda crítica de un cambio dentro de estas condiciones negativas.  


Rodrigo Dada. Deriva
. Natalia Domínguez: Por la revalorización de lo objetual y lo escultórico, a través de una imaginativa conjugación de elementos tanto artesanales como corporales, que buscan activar la memoria individual y familiar, como forma de enfrentar el dilema del tiempo, física y subjetivamente.   

Natalia Domínguez. Joya (de la serie: Tu recuerdo es el mismo)
 Natalia Domínguez. Menguante (de la serie: Tu recuerdo es el mismo)
. Mauricio Esquivel: Por la conjugación de elementos de diseño popular, dibujo y nuevas tecnologías, como modo efectivo y a la vez estético de reconocer y visibilizar la inventiva de valiosas formas de economía y cultura informales, alternativas.   

Mauricio Esquivel. Diseño adaptativo.

. Jaime Izaguirre: Por la realización de una instalación escultórica imponente y a la vez lúdica, que reflexiona sobre el tema de la inseguridad y el confinamiento en El Salvador, a partir de la potenciación de la ambivalencia entre lo público y lo privado, lo estético y lo funcional, lo real y lo imaginado.    


Jaime Izaguirre. Umbral (del proyecto: In-seguridad) 


. Javier Ramírez: Por la realización de un excéntrico y arriesgado autorretrato, que parte de lo azaroso y lo vivencial para exponer, de manera desenfadada  pero a la vez conceptual, un cuestionamiento de las convenciones estéticas y temáticas más habituales que poseemos sobre lo autorreferencial y el autorretrato a través de la imagen.    


Javier Ramírez -Nadie-: Sinceridad.


El jurado señala, además,  que a todos los artistas seleccionados, se les harán sugerencias y recomendaciones, para que continúen mejorando aspectos de realización y montaje de sus obras a la IX Bienal,  con vistas a lograr una participación lo más óptima posible de los representantes de El Salvador en la bienal centroamericana.   

Adicionalmente, como una iniciativa de MARTE y por recomendación del jurado, a los artistas seleccionados Jaime Izaguirre, Mauricio Esquivel y Rodrigo Dada, se les invitará  para que expongan una obra propia como parte de la sala de arte contemporáneo de la  Exhibición Permanente de MARTE que se exhibe entre 2014-2016.

San Salvador, El Salvador. Dado el 6 de junio de 2014. 

Jurado: 

. Ernesto Calvo (Cuba-Costa Rica). Profesor, crítico y curador independiente. 
                                                          Seleccionador y jurado. 

 . Ronald Morán (El Salvador): artista y gestor. 
 . José Ruiz (Perú-.EE.UU.): artista, profesor y curador.  



artistas seleccionados a la exposición


Ernesto Bautista. Relaciones del cuerpo dividido.
Sara Boulogne. Signora della compassione e ratti

Karen Estrada. Disentir
Mauricio Kabistán. Sin título

Melissa Guevara. Antropometría.


Walterio Iraheta. Retrato de familia.

 Catapulta (Alexia Miranda - Rodrigo Dada). Reflexiones sobre la penitencia.
Poker. Ver, oír, callar. 

Abigail Reyes. Clasificados

Antonio Romero. Jardín.



12 de may. de 2014

Rolando Castellón. Estación 13: ese lugar de los des-encuentros.



Estación 13: ese lugar de los des-encuentros. 

texto para la exposición retrospectiva sobre Rolando Castellón, 
realizada en Managua y Granada en 2013

Qué poder escribir  sobre un personaje  solo a veces llamado Rolando Castellón, pero cuyos otros muchos nombres nos hablan, no solo de sus otras vidas y personalidades, sino de sus  inquietudes y vivencias dentro del mundo del arte, y fuera de éste.


Alguna vez dije haber tenido la primera imagen de Rolando, como una especie de misterioso personaje parisino de los años 60´ del siglo pasado, con una gabacha a lo Jean Gabin, sombrero que encubría parcialmente su mirada y zapatos elegantes, un atuendo que  parecía el más apropiado para llamar la atención, pero a la vez para encubrirse de algo. Y ese “algo” es justamente lo que es necesario descubrir permanentemente en los sucesivos acercamientos a Castellón: dónde comienza el artista y termina el personaje; dónde empieza el arte y termina la vida; dónde es posible localizar al menos algunas pistas de su perenne curiosidad, esa que lo lleva a concebir  casi todo como un pretexto ideal para darle el sello de “arte”, pero que en su caso particular es sobre todo una incesante vitalidad creadora -y recicladora- de objetos, de ideas y de actitudes, efímeras pero por eso mismo en perenne transformación. 
 
No es casual que esa eterna curiosidad y la formación autodidacta misma de Castellón, lo haya hecho explorar  con igual intensidad y  de una manera sumamente híbrida, ecléctica, desde  las raíces ancestrales  -visuales, literarias,  lingüísticas- de su propia culturacomo única manera de rescatar a la vez memoria y resistencia, junto a algunas de las manifestaciones  artísticas occidentales más vitales de los  últimos 100 años: desde el cine clásico europeo y norteamericano, que pudo ver siendo proyeccionista en Managua hace ya algunos años,  hasta las propuestas más radicales del arte contemporáneo: del land  art, el povera o el conceptualismo, al graffiti,  la performance o la desmaterialización misma del objeto-arte.  




 Sin embargo, la particularidad -y sobre todo la vitalidad- de la obra de Rolando Castellón, se haya no solo en la temprana apropiación de esos referentes tan variados, sino en el modo  en que este diálogo se ha producido, como parte de un proceso natural, fluido, orgánico,  sin complejos tercermundistas ni poses esnobistas.  Aunque las inquietudes y búsquedas de Castellón podría decirse que hoy no están muy de “moda” en nuestro tecnologizado entorno virtual,  su impronta ha estado presente, de manera directa o indirecta, en algunas de las más sólidas propuestas de artistas  del contexto nicaragüense y centroamericano; esto  a pesar de la invisibilidad, el origen incierto y el equívoco constante que ha marcado mucho de su  trayectoria, que a él mismo le gusta recordar, entre la seriedad y la broma, la queja y la in-satisfacción.  Esta particularidad ha hecho que su presencia, aunque relativamente reconocida en el panorama  del arte centroamericano y latinoamericano contemporáneo, no haya sido aun valorizada ni “descubierta” plenamente, para utilizar uno de esos términos a los que en ocasiones él mismo alude con ironía.


Por eso, una de las mayores satisfacciones de mi práctica profesional a lo largo de estos últimos años, fue justamente invitar a Rolando Castellón a que se apropiara del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo -un espacio que él mismo contribuyó a posicionar como gestor y curador, otras de sus vertientes creativas- con su exposición Rastros de 2005 en el MADC. Más que una muestra al uso, Rastros se convirtió en el lugar de  interacción constante de las inquietudes  y búsquedas de Castellón, donde tanto él como el espectador que asistía, no solo se involucraban en ellas sino que la materialidad de las piezas y el espacio mismo, contribuían también a esa permanente transformación.    



En ese sentido, el magnífico libro-catálogo que editó Teoré/Tica a propósito de esta muestra, fue un muy necesario y merecido reconocimiento al menos parcial a la trayectoria de uno de los artistas más excéntricos, raros, escurridizos y a la vez auténticos, no solo del arte centroamericano sino del panorama latinoamericano e internacional de los últimos 50 años. Muchísimo podría escribirse sobre las infinitas derivas de la obra de Castellón y sus heterónimos artísticos. No obstante, es poco lo que puede decirse más allá de esos excelentes textos críticos, analíticos, vivenciales recopilados en el libro-catálogo Rastros: desde los de Virginia Pérez-Ratton, Paulo Herkenhoff  o Raúl Quintanilla, hasta los de Clara Astiasarán, Howard Pearlstein y Tamara Díaz Bringas.

Precisamente de esta última autora  es de quien retomo -en mi título mismo- las doce estaciones que ella concibió  para  hacer un intenso pero a la vez humano recorrido por las inabarcables facetas  de las trayectorias artísticas y vitales de Castellón: desde sus posicionamientos ante el objeto y el sistema artístico mismo, hasta sus inclusivas pero siempre renovadas prácticas curatoriales; desde su incidencia  crítica en conflictos de identidades culturales, hasta sus recurrentes preocupaciones y rejuegos en torno a la in-visibilidad personal y la autoría; de lo conceptual a lo accidental, de lo azaroso a lo inmaterial,  del tiempo, el amor y el boxeo,   al “arte” -por supuesto.   

Por eso, creo que nada mejor que citar a la misma Tamara Díaz, cuando dice al final de su texto, algo que resume mucho de lo poco que he comentado en el mío: “Rolando Castellón ha jugado con la historia, su historia. Y ella con él: lo pierde, lo equívoca, lo olvida. O tal vez lo encuentre aun, puntualmente, en la Estación 13”.     


Yo creo que aun podremos re-encontrarnos con Rolando y sus muchos personajes o heterónimos en la Estación 13: como ese misterioso Pessoa centroamericano en la nostálgica y añeja Lisboa,  quizás como Crus Alegría en la caliente y anárquica Managua,  o tal vez como Moyo Coyatsin en la provinciana y lluviosa San José.       

      

1 de sept. de 2013

Teleshakespeare: mirar o no mirar…



Teleshakespeare: 
mirar o no mirar…cierta TV que interroga.  

(*versión escrita de la presentación realizada al ensayo  
Teleshakespeare (editorial Germinal), de Jorge Carrión
en la Feria del Libro de Costa Rica)  

  
Lo primero que quisiera “confesar” antes de iniciar estos breves comentarios a Teleshakespeare, es que, al igual que muchos que en nuestras profesiones o aficiones resultamos  cercanos al análisis  del cine, las artes visuales, la literatura o la escritura en general,  no he dejado de tener un cierto prejuicio -muchas veces justificado- por la televisión como medio masivo. Sin llegar a colocarla como esa imponente “caja tonta” que todavía algunos denigran o estigmatizan, aunque muchas veces la consuman  -y disfruten- a ocultas, soy de los que no les presta mucha atención al medio televisivo, quizás  por la idea de que es mucho el tiempo –y la potencial adicción que genera- que se pierde consumiéndola, y que es poco lo es capaz de aportar, más allá de las noticias catastrofistas o amarillistas de los noticiarios, los programas de chismes y  entretenimientos,  y otros similares. 

Por eso lo que inicialmente me atrajo al conocer este ensayo,  fue su título mismo: una mezcla que pareciera paradójica, pues resulta difícil concebir cómo desde el ámbito televisivo pudiera interactuarse con un canon occidental incontestable de lo literario y la escritura como lo "shakespereano".   El otro dilema al acercarme a este ensayo, es precisamente que no he seguido muchas de las teleseries norteamericanas que comenta Jorge Carrión en sus reflexiones, por lo que mis impresiones y comentarios se refieren sobre todo al tipo de ensayismo que ejerce  este investigador y los argumentos en que se sustentan.  Por ello, me ha parecido interesante retomar una estrategia que Carrión  propuso al aproximarse en uno de los capítulos a la muy conocida serie Los Sopranos,  y que expuso  a partir de notas sueltas, algo similar a lo que haré en estos fragmentarios comentarios.  

Lo primero que me llamó la atención de este ensayo, es la posible relación que pudiera tener, en el caso de Jorge Carrión,  con su condición sui generis de escritor de libros de viaje, ficción y ensayo, estrechamente vinculados  con híbridas formas de interrelacionar escritura, visualidad, tecnología e interactividad en el contexto contemporáneo, no solo español  sino iberoamericano e internacional.   Por eso, mi interés por el libro viene dado más por el tipo de ensayismo que propone Carrión y sus posibles conexiones, que por la cercanía  al tema propiamente.  Así, a pesar de no conocer las tramas, personajes y sub-textos de estas teleseries, me interesa sobre todo la complejidad  de las referencias intra y extra-textuales que propone el ensayista, que van de la literatura clásica y contemporánea, a la novela gráfica y el comic,  de la filosofía y la estética, a la física cuántica, pues ese reto fue lo que me incitó a continuar su lectura.  

Esto, a su vez, lo conecto con esa referencialidad híbrida, polimorfa de algunas tendencias ensayísticas contemporáneas,  que entremezclan referentes desde literarios, estéticos y filosóficos, hasta mediáticos o cotidianos,  pero que a la vez se alejan de los formatos aburridos, encorsetados  y poco propositivos del academicismo al uso, que bajo el ropaje de un supuesto equilibrio, seriedad y “cientificidad” investigativa , lo que aportan la mayoría de las veces  son temas manidos y lugares comunes a las problemáticas culturales -sean estas literarias, visuales, etc.-   de nuestros contextos, con una escasa o nula dosis de dudas e interrogantes.   

Por ello, no me cabe duda que en el debate entre paradigmas ensayísticos -e incluso epistemológicos- tanto en ese ámbito académico como en el mediático,  ensayistas como Jorge Carrión puedan ser tildados  en muchas ocasiones como  “pop-modernos”, con todo lo despectivo que tiene ese término  al intentar desacreditar cualquier intento de renovación, tanto de las formas como de las ideas  que arriesgan una comprensión de los ámbitos literario y visual en sus complejas interconexiones actuales, mediadas sobre todo por la virtualidad, las redes sociales y las tecnologías.  

En conexión a esto, aunque en una entrevista que le realizaran hace algún tiempo, Jorge Carrión niega –o al menos cuestiona-  pertenecer a una “generación” (con todo lo problemático  que tiene este término)  de escritores nacidos en los 60´s y 70´s dentro del  contexto español, llamada en ocasiones Nocilla, en otras Afterpop,  o Nueva Luz -por destacados integrantes de esas tendencias como Agustín Fernández MalloVicente Luis Mora o Eloy Fernández Porta-  siento personalmente que,  a pesar de los particulares caminos y marcas individuales que legitimamente defiende Carrión en esa entrevista, a mi entender lo emparenta una determinada sensibilidad común, un cierto “espíritu de época” (para decirlo en términos neo-románticos) con esas tendencias reivindicadoras de nuevos modos de analizar -y ver- esas interrelaciones complejas entre literatura y ensayo, nuevas tecnologías, espacios virtuales-interactivos y de conocimiento, como componentes ineludibles en esas formas de hibridación entre escritura y  visualidad, virtualidad y realidad que se ha producido en la cultura contemporánea. Y creo que, precisamente, Teleshakespeare es una evidencia de ello.   

Así, los referentes o lecturas intertextuales para analizar y percibir las mejores teleseries estadounidenses  de los últimos 25 años desde el paradigma shakespereano –o que también pudiera ser cervantino, o borgeano, plantea Carrión en otro contexto- desde la lectura que propone Harold Bloom sobre la literatura occidental; o las reflexiones sobre los vínculos entre visualidad y globalización, virtualidad y estética que propone Nicolás Bourriaud como nuevos modos de ejercitar el intercambio entre creación, crítica e interpretación, o de percibir las interrelaciones entre productores-creadores y lectores-espectadores activos; o  el modo de relacionar física cuántica con sus percepciones sobre diversas teleseries, tanto de ciencia ficción como más realistas,  podrían ser catalogados en este caso, desde un ensayismo academicista y ortodoxo, precisamente como una “impostura" investigativa poco seria y hasta irresponsable.


No obstante, creo que vale la pena citar algunos breves pasajes de Teleshakespeare,  donde Jorge Carrión realiza comentarios  y afirmaciones que pudieran considerarse -según se interprete-  escandalosas o, por el contrario, incitantes reflexiones que nos invitan a interrogarnos sobre esos complejos vínculos entre teleseries y sus múltiples referentes. Así, por ejemplo, al  analizar los vínculos entre teleseries y algunos referentes literarios, filosóficos o psicológicos, Carrión nos dice: “Algunas teleseries han construido, capítulo a capítulo, auténticas bibliotecas de narrativa, poesía y ensayo… con referencias a Shakespeare, Nietzsche, Baudelaire, Tocqueville, Freud o Jung…” .   O cuando cita  como exergo, al inicio de su ensayo,  precisamente a Nicolas Bourriaud, a propósito de la crítica y la interpretación en el época actual: “La primera tarea del crítico consiste en reconstituir el juego complejo de los problemas que enfrenta una época particular y examinar sus diferentes respuestas…La actividad artística constituye un juego donde las formas, las modalidades y las funciones evolucionan según las épocas y los contextos sociales, y no tiene una esencia inmutable. La tarea del crítico consiste en estudiarla en el presente.”  

O esta otra, sobre semiótica, cultura visual y tecnología contemporáneas,  muy relacionadas con lo que plantea Bourriaud y los análisis de los vínculos entre realizardor-productor y lector-espectador deTeleshakespeare: “Nos encontramos en un momento histórico de una complejidad semiótica sin precedentes, por la multiplicación de lenguajes y de vehículos de transmisión, en grados de simbiosis e hibridación inimaginables hace veinte años ...Se ha desestabilizado para siempre la separación entre el artista o artesano como productor y el lector o televidente como consumidor…Todos producimos porque todos somos actores…Todos somos piratas textuales que leemos, descontextualizamos, descargamos, traficamos con links y con lecturas de las obras que identificamos como pertenecientes a ese meta-género que es la teleserialidad de culto. Todos somos fans. Todos somos microcríticos…microcríticos recreadores. La energía que nutre de información y de arte el universo teleshakesperiano”.   

O igualmente,  cuando relaciona las teleseries y sus espectadores-lectores activos,  a lo que llama “ficción cuántica”: Bisnietos de Baudelaire, nietos de Walter Benjamin, hermanos o hijos de Marguerite Duras o Joan Fontcuberta, los lectores metropolitanos de la ficción cuántica son multicanales… Practican la lectura en niveles simultáneos, en universos paralelos, en archipiélago o en red. Su inteligencia está en perpetuo intercambio… Porque la ficción cuántica no sólo goza de una existencia múltiple, en estados paralelos y complementarios, en mundos posibles que se retroalimentan, sino que esa multiplicidad tiene como razón de ser el conocimiento. Es narrativamente compleja porque entiende que las realidades que se propone analizar también lo son. No respeta los géneros porque no se impone restricciones y porque sabe que, en el fondo, no son más que perspectivas de lectura sobre el mundo, opciones que se pueden y se deben completar, simultáneamente, con otras, con todas las posibles” .

Más adelante, y de manera más puntual, Carrión desliza un análisis específico de varias teleseries estadounidenses  recientes, que tipologiza de manera laxa, siguiendo  desde sus historias o tramas, hasta las perspectivas psicológicas o sociológicas de sus argumentos y personajes: “Sería posible establecer una clasificación de las teleficciones norteamericanas de nuestra época según su velocidad interna. En un extremo tendríamos los productos de acción,  en los que las situaciones límite y los giros argumentales se suceden a ritmo de vértigo, como 24 o Prison break; en el centro, cambiando constantemente de velocidad, estarían Dexter o Lost; y en el otro extremo, la relativa lentitud de las mejores teleseries de la historia, como Six Feet Under, The Sopranos o The Wire”.

De ellas  extraigo solo algunos ejemplos de análisis asociativo, entre los que más me llamaron la atención: Dexter y la dualidad sicológica, Fringe y el bioterrorismo, Treme y el espectador de arte o culto (“que se joda el espectador promedio”, según la irónica frase Carrión), The Wire y la obra de arte total. Y precisamente, sobre esta última Carrión expresa,  de manera tajante: The Wire es una obra de arte, una máquina de representación, una red cuyas contracciones y expansiones están perfectamente controladas…La ficción hiperrealista sólo puede terminar donde ha comenzado: en lo real. The Wire pone rostro y biografía a la multiplicidad de la ciudad. No reduce la complejidad mediante la simplificaciónExpande redes; superpone estratos; llena los vacíos de sentido de la trama urbana; propone centros posibles para, tras la elipsis, pulverizarlos”.

Otros  importantes énfasis  propone Carrión en su ensayo (como el de la “autoría” en las teleseries) que les dejo como inquietud adicional. No obstante,  quisiera sugerir otras posibles líneas de investigación –e inquietudes- que me despertó este estimulante ensayo: desde el análisis sobre el fenómeno televisivo y sus afluentes que han realizado ensayistas -clásicos o contemporáneos-  que van desde Theodor Adorno y Umberto Eco, pasando por Marshall Mac Luhan y Guy Debord, hasta David Foster Wallace o Slavoj Zizek (los cuales menciona el ensayista), o que podríamos expandirse incluso a Jean Baudrillard o Paul Virilio  y sus  términos asociados a la “pantalla-mundo”; o en el contexto latinoamericano, valdría la pena revisar críticamente desde las lecturas mediáticas-politizadas de Ariel Dorfman y Armando Matterlat en los años 70´ , pasando por análisis semióticos y contextuales como los de Lorenzo Vilches y Jorge La Ferla, o de ensayistas culturales como  Armando Silva y Néstor García Canclini, por poner algunos ejemplos. 

Esto se asocia, a su vez,  con algo a lo que hace referencia -como interrogante más que respuesta- Jorge Carrión en una entrevista: cómo “traducir” esa efectividad mediática y a la vez profundidad referencial de algunas teleseries estadounidenses,  si analizamos el universo particular del melodrama y la telenovela ibero-latinoamericana.  Pero igualmente, podríamos pensar en el análisis, seguramente estimulante también, de cómo se manifiestan las teleseries y sus referentes múltiples en contextos que han conocido del auge de un particular “cine de autor” en los últimos 15-20 años (como el contexto medio-oriental) o en esos monstruos económicos y audiovisuales que son China, Japón, Corea del Sur o la India en el Oriente... En fin, son solo posibles temas que  quedan como interrogantes, dentro una rizomática investigación en la que puede derivar este amplio y complejo tema.     

Por último, quisiera agradecer a  la Editorial Germinal por la publicación de este libro en Costa Rica, que permite establecer  interconexiones y diálogos entre el contexto literario, ensayístico y de pensamiento costarricense e iberoamericano, que considero nos retroalimenta y enriquece a todos.  Y finalmente,  terminar con otra reflexión de Jorge Carrión,  relacionada directamente con el vínculo entre ese paradigma “shakespeareano” y las teleseries,  en relación a lo tecnológico y lo literario, pero también –y sobre todo- con lo humano:    “Lo humano es un fenómeno dinámico, esquivo, resbaladizo, nómada, de imposible fijación, que nadie puede definir unívocamente, ni siquiera el ente inconcreto a quien llamamos William Shakespeare… Hamlet, el Quijote, Robinson Crusoe, la Comedia humana, Crimen y castigo, La Regenta, La montaña mágica o Austerlitz comparten ese punto de partida: la obra es un campo de investigación, un laboratorio en que el creador disecciona, trata de descubrir qué es y qué puede llegar a ser un ser humano en un momento histórico concreto… entre el universo dramático del teatro isabelino, con Shakespeare en su centro, y el universo melodramático de la serialidad televisiva contemporánea, sin centro definido,  Shakespeare queda lejos, desenfocado, viral, en el trasfondo. Hay que hacer un zoom para identificarlo. Pero se nos pixela. Insistimos, no obstante. Teleshakespeare”.