18 dic. 2011

El es "otra" o Ella es "otro": el cuerpo como rompecabezas travestido


El es “otra” o Ella es “otro" 
el cuerpo como rompecabezas travestido



“¿Te propones arrastrar de nuevo tu cuerpo por ti mismo?”   
Friedrich Nietzsche


Para A. 


El cuerpo humano, y más específicamente la piel,  es el lugar que propone el cineasta Pedro Almodóvar para componer las claves simbólicas de su último filme, tal vez como una metáfora múltiple de algunas de las obsesiones que han recorrido su filmografía, a lo largo de una ya extensa trayectoria: desde  “Matador” (1986) y "La ley del deseo" (1987), hasta "Todo sobre mi madre" (1999) y “Hable con ella” (2002), para mencionar solo algunos filmes del realizador que tienen diversos puntos de confluencia con este último.

En “La piel que habito” se exploran temas cercanos a la ambigüedad del sexo y el travestimiento, a las relaciones sexuales y la violación, al voyeurimo y la vigilancia; pero en última instancia, todo ello confluye en torno a las complejas relaciones entre cuerpo, manipulación y poder, a partir de la utilización de recursos cinematográficos depurados y relativamente complejos, tanto a nivel narrativo como estético, como ya nos tiene acostumbrado ese Almodóvar que se alejó del cine punk, precario -pero fresco y desinhibido- cercano a la movida madrileña, cuando comenzó su carrera cinematográfica allá en los inicios de los años 80´.  


A partir de la adaptación o traslación de un referente literario –“Tarántula”, de Thierry Jonquet-  Almodóvar propone en “La piel que habito” un ejercicio cinematográfico entre lo psicológico y lo simbolico,  que explora  algunas de esas complejas interacciones entre cuerpo y poder, tomando como base metafórica la trama misma y los personajes que la conforman: ese extraño vínculo entre el Dr. Robert Legard, cirujano estético, y Vera –o Vicente- el  “conejillo de indias” de un experimento  que mezcla venganza, morbo y la obsesión más enfermiza.

En “La piel que habito” se toma como pretexto un tema muy de moda en la actualidad -la transgénesis- para situarnos en un  caso extremo, donde la posibilidad de ejercer la mutación del cuerpo y la piel de un ser humano, no se propone como dilema desde la política o la bioética, sino más bien desde la perspectiva de un personaje perturbado que transforma la sexualidad de alguien, e intenta crear un “cuerpo perfecto” para  vengarse de una supuesta violación, pero a la vez para sublimar a partir de ese “otro-otra” sus propios fracasos humanos, familiares y amorosos.


Esa extraña vinculación entre cuerpo y poder, a partir del pretexto de la transgénesis, podría percibirse desde el término “biopoder”,  que Michel Foucault enunció de una manera incisiva en sus últimos escritos, como modo de evidenciar los mecanismos a través de los cuales los diferentes poderes en la modernidad, no solo han condicionado sino incluso han manipulado el cuerpo humano, convirtiéndolo en una especie cyborg, permeado e inoculado por esas relaciones de poder,  tanto físicas como simbólicas. 

Desde una perspectiva que podríamos reconocer también como foucaultiana, en “La piel que habito”  se produce  una estrecha interrelación entre castigo, vigilancia y  voyeurismo, mediado por el uso de tecnologías, algo que se evidencia a partir de ese encierro absolutamente controlado y cruel que somete el Dr.Legard a Vera -o Vicente-, no solo para transformar radicalmente su cuerpo, de hombre a mujer, sino para cambiar los contornos de su mente y que aceptara su nueva condición, al punto de que se produzca una dependencia o identificación psicológica entre víctima y victimario.  

A partir de una óptica nuevamente foucaultiana, se podrían analizar las explícitas referencias que el filme establece con el travestimiento o la androginia sexual -tan recurrentes en la cinematografía de Almodóvar-,  así como los condicionamientos de éstas en la conformación de la identidad del sujeto. Igualmente, se exploran algunas interacciones entre arte y trauma, resistencia y psicoanálisis, las cuales se evidencian en la presencia in-directa de la obra de Louise Bourgeois, a través de esas esculturas de cabezas y cuerpos mutilados que moldea Vera-Vicente, como elípsis desgarrada y a la vez exorcismo de su propia transformación corporal. 



Estas perspectivas cercanas a vertientes psicoanalíticas, se reflejan también en la presencia simbólica del “padre”, en este caso expuesto a partir de la perversa figura del Dr. Legard, quien al crear esa suerte de "frankenstein" femenino de perfecta belleza -de Vera a partir de Vicente-  sintetiza con este nuevo cuerpo transgénico un hibrido a medio camino entre su mujer y su hija, ambas muertas por suicidio.  Por eso, cuando Legard acepta su atracción psicológica y sexual hacia esa bellísima mujer que ha creado a partir de un hombre, está asumiendo una empática relación con su mujer y su hija muertas, como modo de sublimar y a la vez evocar lo que ya no existe.

Ese cuerpo de Vera-Vicente,  metamorfoseado  una y otra vez a partir de la transgénesis, posee igualmente un estrecha vinculación con la estructura narrativa y dramatúrgica del filme, pues ambas se insinuan como una especie de "rompecabezas", que compone sus fragmentos al infinito, para darnos algunas pistas necesarias de su recomposición, pero a la vez dejarnos en el suspenso –quizás por eso la película se articula como una suerte de thriller de terror- de lo que acontecerá a cada momento. 


A todo ello se suma, junto a la incisiva y precisa dirección de Almodóvar, la sutil aunque evocadora banda sonora de Alberto Iglesias, la compleja y por momentos rara utilización de la angulación fotográfica de José Luis Alcaine, así como la dirección de arte y el diseño de producción en su totalidad, a medio camino entre un minimalismo pop y una ciencia ficción médica, tan estilizadas como metafóricas.   

Quizás por eso, el final de “La piel que habito”, recorrida por la muerte y la liberación, pero también por la inevitable inversión de la relación víctima-victimario (Vicente debe asumir que es Vera,  aunque asesine al “padre-amante”), nos deja ese sabor tan agridulce, entre trágicomico y patético, que ha marcado al cine de Almodóvar, tal vez como  reflejo, o metáfora extrema, de lo in-humano que lo recorre...      


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